Debería ser todo un signo, o al menos un dato relevante sobre los tiempos cinematográficos que vivimos, el hecho de que el mejor estreno de lo que va del año sea un tanque de hace 25 años, un filme emblema para toda una generación cuya pertinencia transciende la moda ochentosa instalada entre nosotros por la siempre rendidora explotación de la nostalgia (aunque nos llega precisamente gracias a ella, por el estreno de un nuevo pack de las tres películas de la serie en DVD y Blu-Ray).
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martes, 18 de enero de 2011
martes, 2 de diciembre de 2008
Sobre la colonización y otras pequeñeces
Ya hemos dicho que este agitado 2008 ha sido un buen año cinematográfico para nuestra ciudad, a la luz de los muchos y heterogéneos estrenos que llegaron de las latitudes más diversas que se piensen, en buena hora. Pero hay algo que vale la pena repetir: el cine norteamericano sigue hegemonizando nuestras carteleras, quizás como nunca en la historia, imponiendo no solamente un tipo de cine, sino (y sobre todo) un tipo de consumo del cine. Para muchos este 2008 quedará así en el olvido, ya que nunca llegaron a enterarse siquiera de las películas que se animaron a salir del canon industrial de Hollywood, que este año encima fueron muchas. Y no se trata, volvemos a insistir, de la supuesta ignorancia o falta de interés cultural del espectador: simplemente pasa que este tipo de cine dura lo que un suspiro en las carteleras de los grandes complejos cinematográficos, si es que tienen la suerte de llegar allí. Para muestra, basta un botón: un prócer nacional como Leonardo Favio, cuya última película fue elegida para representarnos en los próximos Premios Goya, quedó relegado a una sola sala, que felizmente se inauguró el fin de semana pasado en el nuevo Complejo Rivera Indarte con su estreno, ubicado sin embargo en las afueras de la ciudad (precisamente, en Villa Rivera Indarte). Para más datos de este despropósito monumental: Aniceto, la película en cuestión, se había estrenado en la Capital Federal… el 12 de junio pasado, hace casi medio año!
La anécdota sirve para ilustrar la situación de colonización cultural en la que seguimos inmersos los cordobeses en cuanto a las posibilidades de consumo del séptimo arte (sólo contrarrestada hasta ahora por los cineclubes de la ciudad y, paradójicamente, por la piratería): si alguien del sur, como el firmante de estas líneas, hubiera querido ver el fin de semana la película de Favio, hubiera tenido que cruzar todo el orbe para conseguirlo. Confieso que lo intenté en un día no recomendable, el sábado, pero fracasé rotundamente ante el magistral diluvio que bañó nuestras tierras. A cambio, tuve que ver la última película de Fernando Meirelles, Ceguera, una adaptación de Ensayo sobre la ceguera (1995), del Premio Nobel portugués José Saramago. Pero claro, no se trata más que de un nuevo fiasco del director brasileño (aquel de las recordadas Ciudad de Dios y El jardinero fiel), que a medida que transcurren los años está demostrando con mayor contundencia el alto grado de frivolidad que tiene su cine. ¿Cuál es la razón de que un filme de Meirelles se mantenga varias semanas en las carteleras de todos nuestros cines mientras Aniceto se presenta solamente en una sola sala, vaya a saber si por más de siete días? Todos conocemos la respuesta.
Por eso, en vez de hablar de la nueva decepción confirmada de Meirelles, vale la pena dedicar unas líneas a lo que promete Aniceto, aunque yo aún no la haya visto. Las críticas, empero, son contundentes: dicen que Favio volvió en su mejor forma, tras nueve años de ausencia, con una película monumental, un musical protagonizado por bailarines clásicos que recupera la historia de una de sus cumbres; a saber: Este es el romance del Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza… y unas pocas cosas más (1967), basada en un cuento de su hermano Zuhair Jury (El cenizo). Para algunos críticos, como Luciano Monteagudo, Aniceto viene a expresar un momento de síntesis en la obra de Favio, “de síntesis en el sentido de suma, donde conviven por fin esos dos grandes bloques en que hasta ahora parecía dividirse de manera irreconciliable su filmografía”, según afirma. Esos dos bloques son el cine de sus inicios (Crónica de un niño solo, El dependiente, Aniceto y la Francisca), marcado por una gran rigurosidad y ascetismo, y el cine de su madurez, que con la llegada del color “reveló una naturaleza desmesurada, orgiástica, dionisíaca” en sus películas (por ejemplo, con Nazareno Cruz y el lobo, Gatica, el mono, o Juan Moreira). Seguramente valdrá la pena volver a Favio. Esperemos que nos dejen.
Martín Iparraguirre
La anécdota sirve para ilustrar la situación de colonización cultural en la que seguimos inmersos los cordobeses en cuanto a las posibilidades de consumo del séptimo arte (sólo contrarrestada hasta ahora por los cineclubes de la ciudad y, paradójicamente, por la piratería): si alguien del sur, como el firmante de estas líneas, hubiera querido ver el fin de semana la película de Favio, hubiera tenido que cruzar todo el orbe para conseguirlo. Confieso que lo intenté en un día no recomendable, el sábado, pero fracasé rotundamente ante el magistral diluvio que bañó nuestras tierras. A cambio, tuve que ver la última película de Fernando Meirelles, Ceguera, una adaptación de Ensayo sobre la ceguera (1995), del Premio Nobel portugués José Saramago. Pero claro, no se trata más que de un nuevo fiasco del director brasileño (aquel de las recordadas Ciudad de Dios y El jardinero fiel), que a medida que transcurren los años está demostrando con mayor contundencia el alto grado de frivolidad que tiene su cine. ¿Cuál es la razón de que un filme de Meirelles se mantenga varias semanas en las carteleras de todos nuestros cines mientras Aniceto se presenta solamente en una sola sala, vaya a saber si por más de siete días? Todos conocemos la respuesta.
Por eso, en vez de hablar de la nueva decepción confirmada de Meirelles, vale la pena dedicar unas líneas a lo que promete Aniceto, aunque yo aún no la haya visto. Las críticas, empero, son contundentes: dicen que Favio volvió en su mejor forma, tras nueve años de ausencia, con una película monumental, un musical protagonizado por bailarines clásicos que recupera la historia de una de sus cumbres; a saber: Este es el romance del Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza… y unas pocas cosas más (1967), basada en un cuento de su hermano Zuhair Jury (El cenizo). Para algunos críticos, como Luciano Monteagudo, Aniceto viene a expresar un momento de síntesis en la obra de Favio, “de síntesis en el sentido de suma, donde conviven por fin esos dos grandes bloques en que hasta ahora parecía dividirse de manera irreconciliable su filmografía”, según afirma. Esos dos bloques son el cine de sus inicios (Crónica de un niño solo, El dependiente, Aniceto y la Francisca), marcado por una gran rigurosidad y ascetismo, y el cine de su madurez, que con la llegada del color “reveló una naturaleza desmesurada, orgiástica, dionisíaca” en sus películas (por ejemplo, con Nazareno Cruz y el lobo, Gatica, el mono, o Juan Moreira). Seguramente valdrá la pena volver a Favio. Esperemos que nos dejen.
Martín Iparraguirre
Shara, oscuridad y luz
El cierre del presente año cinematográfico parece inusualmente prometedor para nuestra ciudad, al menos a la luz de los últimos estrenos. Un filme enteramente cordobés, La Herencia, del reconocido intelectual Sergio Schmucler, que demuestra que se puede hacer cine en nuestra provincia, y del bueno, sin nada que envidiar a las posibilidades que ofrece el centro del país.
Pero además se produjo otro hecho cinematográfico que se debe destacar: se estrenó en las salas comerciales de la ciudad el filme , sin dudas una de las mejores películas del año, sino la mejor. Esta directora originaria de Nara (donde transcurre el presente filme) es uno de los nombres más importantes de la nueva generación de realizadores japoneses, que ha transitado con maestría inusitada por el documental y la ficción (su último filme, El Secreto del Bosque, se estrenó también este año en el Cineclub Municipal), apelando siempre a un cine absolutamente personal, casi visceral, que muchas veces linda con el autorretrato. Abandonada por sus padres poco después de nacer y custodiada por su tía abuela, Kawase incorporó desde el principio a esta ausencia como hilo argumental de sus trabajos: el duelo, la pérdida, la muerte y las relaciones familiares son las constantes de su filmografía, tanto documental como de ficción. En Shara, Kawase logró componer un filme que se puede calificar de perfecto, profundamente espiritual, porque no sólo narra el renacimiento particular de una familia, a partir de la pérdida de uno de sus miembros, sino que también pinta en cuerpo y alma a toda una comunidad, toda una cultura, toda una tradición. Un plano secuencia magnífico, de los tantos que habrá en el filme, abre Shara con la presencia de dos pequeños hermanos gemelos, que pronto echarán a correr por las callejuelas de Nara. La cámara los sigue de cerca hasta que uno de ellos dobla en una esquina, para desaparecer sin más (justo en el día en que se celebra la fiesta del Jizo, deidad de los niños perdidos). A partir de esta misteriosa desaparición, Kawase se dedicará entonces a filmar esa ausencia, el vacío que dejó Kei (el desaparecido) en el resto de la familia. Años más tarde, en efecto, vemos a Shu (el hermano que quedó sólo) ya un adolescente que está haciendo sus primeras experiencias en el amor con una compañera del colegio, pero que notamos que aún no ha podido superar el trauma. Vemos también a su padre, empecinado en la organización del Festival Basara, que pretende retomar las más antiguas tradiciones de la ciudad, y también a su madre, que se encuentra a punto de dar a luz a un nuevo hijo. Una noticia alterará esta cotidianeidad, y los obliga a enfrentarse a ese vacío que intentaban ignorar.
Shara no es la historia de una sola familia, es la radiografía de una cultura muy diferente a la nuestra que se expresa a través de los gestos mínimos de los protagonistas del filme. Para reflejar esto, Kawase apela a todos los elementos que puede dar el cine: el magnífico uso del sonido, la música y las imágenes van traduciendo esa trama invisible que es el verdadero tema de Shara. Un baile ritual bajo la lluvia, en una de las escenas más bellas que haya dado el cine (filmado extraordinariamente con cámara en mano), sellará el fin de la catarsis, que la directora parece indicar que puede ser colectiva, así como el nacimiento del nuevo hijo, que cerrará el filme con un mensaje netamente esperanzador.
Martín Iparraguirre
Pero además se produjo otro hecho cinematográfico que se debe destacar: se estrenó en las salas comerciales de la ciudad el filme , sin dudas una de las mejores películas del año, sino la mejor. Esta directora originaria de Nara (donde transcurre el presente filme) es uno de los nombres más importantes de la nueva generación de realizadores japoneses, que ha transitado con maestría inusitada por el documental y la ficción (su último filme, El Secreto del Bosque, se estrenó también este año en el Cineclub Municipal), apelando siempre a un cine absolutamente personal, casi visceral, que muchas veces linda con el autorretrato. Abandonada por sus padres poco después de nacer y custodiada por su tía abuela, Kawase incorporó desde el principio a esta ausencia como hilo argumental de sus trabajos: el duelo, la pérdida, la muerte y las relaciones familiares son las constantes de su filmografía, tanto documental como de ficción. En Shara, Kawase logró componer un filme que se puede calificar de perfecto, profundamente espiritual, porque no sólo narra el renacimiento particular de una familia, a partir de la pérdida de uno de sus miembros, sino que también pinta en cuerpo y alma a toda una comunidad, toda una cultura, toda una tradición. Un plano secuencia magnífico, de los tantos que habrá en el filme, abre Shara con la presencia de dos pequeños hermanos gemelos, que pronto echarán a correr por las callejuelas de Nara. La cámara los sigue de cerca hasta que uno de ellos dobla en una esquina, para desaparecer sin más (justo en el día en que se celebra la fiesta del Jizo, deidad de los niños perdidos). A partir de esta misteriosa desaparición, Kawase se dedicará entonces a filmar esa ausencia, el vacío que dejó Kei (el desaparecido) en el resto de la familia. Años más tarde, en efecto, vemos a Shu (el hermano que quedó sólo) ya un adolescente que está haciendo sus primeras experiencias en el amor con una compañera del colegio, pero que notamos que aún no ha podido superar el trauma. Vemos también a su padre, empecinado en la organización del Festival Basara, que pretende retomar las más antiguas tradiciones de la ciudad, y también a su madre, que se encuentra a punto de dar a luz a un nuevo hijo. Una noticia alterará esta cotidianeidad, y los obliga a enfrentarse a ese vacío que intentaban ignorar.
Shara no es la historia de una sola familia, es la radiografía de una cultura muy diferente a la nuestra que se expresa a través de los gestos mínimos de los protagonistas del filme. Para reflejar esto, Kawase apela a todos los elementos que puede dar el cine: el magnífico uso del sonido, la música y las imágenes van traduciendo esa trama invisible que es el verdadero tema de Shara. Un baile ritual bajo la lluvia, en una de las escenas más bellas que haya dado el cine (filmado extraordinariamente con cámara en mano), sellará el fin de la catarsis, que la directora parece indicar que puede ser colectiva, así como el nacimiento del nuevo hijo, que cerrará el filme con un mensaje netamente esperanzador.
Martín Iparraguirre
lunes, 10 de noviembre de 2008
La condición humana
El fin de semana pasado hubo cinco estrenos de cine independiente, pero lo mejor estuvo en el Teatro Córdoba, que finalmente exhibió el celebrado filme de Julian Schnabel La escafandra y la mariposa, además de La visita de la banda, otro muy recomendable filme de Eran Kolirin, estrenado simultáneamente en los videoclubes. Ganadora del premio al mejor director en el Festival de Cannes del año pasado, candidateada a varios premios en los últimos Oscar, La escafandra y la mariposa pertenece a un subgénero decididamente incómodo, que suele caer en todo tipo de excesos por más que sus temas impliquen complicados planteos éticos y morales para su puesta en escena. Hablo de los típicos melodramas sobre personas discapacitadas (ver Mar adentro, Mi pie izquierdo o Forrest Gump), que suelen despertar una adhesión tan inmediata como irreflexiva, ayudados por sus mismos mecanismos de manipulación emocional. Pero La escafandra y la mariposa sorprende justo allí donde uno podría esperar el golpe bajo: su tono es decididamente sobrio y riguroso, por momentos se permite recurrir a un humor corrosivo y escéptico, y por lo menos en su primera mitad se juega por una apuesta formal tan arriesgada como lúcida, capaz de introducir directamente al espectador en la mente y el cuerpo del protagonista. Que en este caso es el célebre periodista y bon vivant Jean-Dominique Bauby (interpretado por el francés Mathieu Amalric), un conocido editor de la revista Elle, que en 1995 sufrió un accidente cerebro vascular que lo dejó absolutamente inmovilizado, con la única excepción de su ojo izquierdo, aunque con su conciencia en perfecto estado. Apostando a una cámara subjetiva que se ubica en ese único ojo con motricidad, Schnabel no sólo logra ubicarse en el punto de vista del protagonista, sino que también consigue convertir sus limitaciones en virtudes, recurriendo a un conjunto heterogéneo de recursos (voz en off para reflejar sus pensamientos, diferentes flashbacks y alegorías visuales para completar el relato) que consiguen reflejar en primera persona la increíble odisea que vivió Bauby en su lucha para comunicarse con el mundo exterior. Que lo haga sin recurrir a sentimentalismos baratos ni a golpes bajos destinados a “emocionar” al espectador, confirma el verdadero interés de Schnabel por su protagonista, que a partir del parpadeo de su ojo izquierdo logró publicar un libro contando sus experiencias en ese encierro, titulado precisamente La escafandra y la mariposa. Si bien en la parte final del relato el film de Schnabel se vuelve más convencional, apostando incluso por algunos tópicos típicos de los melodramas (las relaciones familiares, el crecimiento espiritual del protagonista, la sabiduría reflejada en frases célebres), el filme no deja de perder su indiscutible nobleza, acaso porque nunca le deja de ser fiel a su protagonista, un hombre que en el abismo de su existencia apostó por la vida y consiguió ganar. Claro que, para verlo, el lector deberá buscarlo próximamente en su videoclub amigo, ya que el filme no se estrenó en las carteleras comerciales de la ciudad.Martín Iparraguirre
miércoles, 29 de octubre de 2008
Una broma interna
Hay directores que uno seguiría con los ojos cerrados, sin dudarlo un segundo, por más que alguna vez ya nos hubieran decepcionado. Pero el amor cinematográfico, como todo amor, es sordo (por no decir ciego), y tal vez al amante le cuesta ver lo que otros consideran evidente, por más exigente que éste intente ser. Para mi, los hermanos Coen, máximas figuras de los últimos premios Oscar por Sin lugar para los débiles, son de esta clase de directores. Creadores de obras geniales e inigualables como El Gran Lebowski, De paseo a la muerte, Barton Fink o Fargo, los Coen supieron caer sin embargo en más de un desliz (los peores fueron El quinteto de la muerte y El amor cuesta caro), acaso porque en el fondo siempre coquetearon con la gran Industria, por más que la crítica especializada los siga considerando referentes del cine independiente del norte, con Oscar incluido. Y es que esta verdadera entidad cinematográfica tiene tantas virtudes como defectos (y muchos de estos últimos derivados de las primeras): por un lado, los Coen ostentan una gran maestría narrativa, una originalidad indiscutible en sus planteos formales y técnicos, y un ingenio superlativo para la escritura de diálogos y la creación de personajes. Pero al mismo tiempo, su cine suele sufrir de un nihilismo típico de los grandes creadores, que pueden caer directamente en el cinismo y en el desprecio hacia sus propias criaturas, a las que han llegado a manipular y castigar cual dioses del gran olimpo cinematográfico. Claro que Sin lugar para los débiles los había mostrado de nuevo en su mejor forma, con un cine agudo, incisivo, riguroso y arriesgado al mismo tiempo, que parecía reflejar una maduración largamente esperada en ellos. Lo que por supuesto agigantaba las expectativas en la platea… ahora nuevamente frustradas con Quémese después de leerse, que si bien no está entre sus peores filmes, representa sin duda un retroceso en la carrera de estos directores.Mitad comedia negra sobre la estupidez reinante en Estados Unidos, mitad parodia sobre los filmes de intrigas (aunque bien lejos de El Gran Lebowski), Quémese después de leerse es un filme a todas luces desnivelado, que vuelve a mostrar varios de los defectos de estos creadores reseñados más arriba, a pesar de que los Coen intentan aquí tomarse el pelo hasta a sí mismos. Acompañados nuevamente de algunas de las máximas estrellas de Hollywood, con Brad Pitt y George Clooney a la cabeza, los Coen presentan un elaborado mecanismo que gira alrededor de las memorias de un ex agente de la CIA, Osbourne Cox (John Malkovich), que por casualidad caen en manos de dos ineptos profesores de gimnasia (Pitt y Frances McDormand, caricaturizados al máximo), que no tienen mejor idea que tratar de chantajear al supuesto espía. Claro que todo saldrá al revés, y los enredos se empezarán a multiplicar hasta convertirse en una gran bola imparable, capaz de alcanzar a la propia agencia de inteligencia. Entre otros, aparecen un ex custodio (Clooney) que aprovecha cada viaje de su mujer, autora de libros infantiles, para reunirse con su amante (que es la esposa de Osbourne Cox), un grupo de investigadores la CIA que intentan descifrar el entuerto y hasta funcionarios de la embajada rusa. Todo parece servir, empero, solamente para reírse de estos patéticos personajes, uno más estúpido que el otro, por más que la obra contenga varios comentarios sobre el estado cultural y político del norte, aunque demasiados lavados. Y si bien hay varios pasajes logrados (y aunque ya sea la obra comercialmente más exitosa de los Coen) el filme se convierte a fin de cuentas, y en la mejor de sus interpretaciones, en una gran broma interna de sus creadores y protagonistas, que difícilmente tenga alguna relevancia para el mundo fuera de Hollywood. Una lástima, porque significa que los Coen han vuelto a cerrar su mirada para dedicarse a mirar sus pupos.
Martín Iparraguirre
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